Su historia según yo

Una de las mujeres se alejaba haciendo ademanes con las manos y vociferando cosas -cosas que desde donde yo estaba no escuchaba- se alejaba unos pasos y retomaba los mismos para acercarse a la otra mujer. Parecían discutir, al menos la que estaba de pie lo hacía, mientras la otra la miraba en silencio. Era una escena típica de una pelea de pareja a la que solo yo le prestaba atención.

La gente pasaba de ellas como si no existiesen. Por momento me llegué a creer que me lo estaba inventando. ¿Podía ser que sólo yo estaba interesada en lo que pasaba a 20 metros de mí? ¿por qué me atraía tanto aquella escena? Quizás me sentía identificada con ellas.

Me había armado una historia en mi cabeza: la rubia que estaba de pie se había molestado con la castaña que la miraba sentada desde el banco del parque. Sus manos y gestos me decían eso, estaba molesta, ¿Qué habría pasado?, quizás estaban por romper. Tal vez estaba presenciando el fin de una bonita historia de amor. Por la cara de la que estaba sentada, estaba sufriendo; no lloraba, pero denotaba tristeza. Pude entender que era ella la responsable de la ruptura; se habría enamorado de otra quizás y por eso estaba triste, porque era ella quien estaba dejando a alguien que quiso demasiado, pero a quien ya no podía querer más. La que estaba parada revoleando los brazos al aire le recriminaba cosas, era claro. Llegue a leer sus labios mientras le preguntaba “¿por qué a mí?”, mientras la otra bajaba la mirada y la perdía en las piedras del sendero que pasaba frente a ellas.

Por momentos parecía un monólogo de la que estaba de pie, a la que en mi cabeza le puse nombre, tenía cara de Jimena, no sé por qué, pero a veces me gustaba imaginar cómo se llamaban desconocidos que veía pasar. “Jimena” era delgada, tenia el pelo de un dorado precioso, algo ondulado, que le caía sobre sus hombros. Vestía una camiseta blanca sin estampa, jean desgastado y converses rojas. Tenía un look desestructurado. Aparentaba unos 30 años. En mi historia, Jimena era profesora, de literatura quizás.

La que estaba sentada y solo escuchaba los descargos de Jimena, parecía llamarse Andrea. Tenia el pelo castaño, largo hasta la cintura, a medio atar. Vestía una camiseta negra con dibujos que desde mi ubicación no lograba distinguir, un short deportivo y zapatillas para correr. Podía ser tranquilamente una personal trainner de 28 años.

Andrea y Jimena llevaban varios años juntas, se enamoraron en la universidad, porque, aunque cursaban diferentes carreras coincidían en el bar del campus. Se querían mucho y todos sus amigos pensaban que en cualquier momento daban el gran paso y se iban a vivir juntas, algo que siempre se preguntaban por qué no habían hecho ya. Ellas no eran como la mayoría de las parejas de lesbianas que conocían, que a los pocos meses de salir ya convivían. Querían extrañarse, querían respetar sus espacios y tiempos personales, y consideraban que si compartían piso todo eso iba a minar su relación que tan perfecta era. Estaban muy felices así.

Pero Andrea conoció a alguien más, y si bien hizo todo lo posible para no enamorarse, no lo logró, y claro, ¿Quién puede elegir de quien enamorarse? Y se sentía muy culpable por Jimena, porque eran perfectas juntas, y no sabía en qué momento dejó de sentir ese amor por ella y se permitió hacerlo por otra. O quizás fue al revés, quizás se enamoró perdidamente de la otra y sin quererlo se fue apagando lo que sentía por Jimena. El caso es que aun la quería, pero ya no estaba enamorada de ella. Y para eso se había citado a hablar en el parque, porque prefería hacerlo en un lugar neutral, donde sabía que ninguna iba a decir o hacer algo que lastimara a la otra. O al menos eso creía, porque decirle a Jimena “me enamoré de alguien más, perdón” fue lo peor que dijo en su vida porque sabía el dolor que le estaba causando. Aun así siempre prefirió decir la verdad, y eso era algo que estaba tácito en su relación, siempre la verdad, nunca la mentira o el ocultamiento.

Y en eso estaban mientras yo las observaba en la media hora que llevaba sentada en ese banco, con mi libro en el regazo, totalmente olvidado para mi.

Pobre Jimena, pensé. Todas estuvimos alguna vez en su lugar, a todas seguramente nos dejaron, y ese dolor que sentimos nos rompe al medio es horrible, desgarrador. Ese dolor que creemos que nos saca la mitad del corazón, lo pisotea y rompe en mil pedazos. Ese sentir, literalmente, que nos morimos.

Nunca estuve en el lugar de Andrea, nunca dejé a nadie. Mis relaciones fueron intentas y siempre fui yo la dejada. Simplemente si quería imaginar cómo era romper con alguien no lo podía hacer, porque nunca dejé de querer hasta que se terminó todo y me descartaron.

Desde mi óptica, Jimena estaba dolida, pero no derrochaba ira, esa que nos consume. Se la veía molesta pero también entendía que se respetaban y que quería que Andrea fuese feliz. Claro que no quería terminar, pero si una de las dos dejó de querer, ¿Cómo se sigue? Todas las preguntas que lanzaba al aire eran retóricas, sin un objetivo de respuesta. Eran su descargo y su manera de entender, finalmente, que podemos dejar de querer, podemos enamorarnos de alguien más, y aun así respetarnos y cuidarlo para que sufra lo menos posible.

Pobre Jimena, pensé de nuevo. Y pobre Andrea también, que tuvo que ser valiente y decir lo que pasaba.

Me levanté del banco, guardé mi libro en el bolso, y pasé frente a ellas, que ya no hablaban pero se acompañaban, mirando el mismo punto fijo de las piedras del sendero que minutos antes analizaba Andrea. Todo había terminado.

 

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